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Breve historia de la Editorial Bruguera (I)


Editorial - Fuente: Alejandro Oya - 06/03/2020
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Al nacer, hasta los gigantes parecen pigmeos. Para entrar en el castillo, primero hay que cruzar el foso. Al llegar a su destino, el peregrino recuerda el largo camino que le ha conducido hasta donde se propuso llegar. Todas estas imágenes representan las fases de cualquier historia. Incluso la de un gigante, no de carne y hueso, sino de tinta y papel.


Capítulo I: La suerte del gato negro

En 1910, cuando media España aún era analfabeta, Juan Bruguera-Teixidó fundó la editorial El Gato Negro, creada con una vocación popular inherente. En sus primeras andaduras, publicaron periódicamente revistas cómicas, libros de divulgación y novelas de folletín. Por aquel entonces, todos estos productos conformaban los principales medios de evasión y entretenimiento de la clase media y trabajadora, antes de la consagración del cine.

Gracias a su catálogo variopinto y sus precios asequibles, las ventas crecieron al tiempo que el abanico editorial. Hacia mediados de los años 20, El Gato Negro cuenta con casi 1500 títulos publicados, incluyendo volúmenes de cuentos, biografías ilustradas y revistas infantiles, de entre las que destaca la que se convertirá en la más conocida y longeva: Pulgarcito. Fue a través de revistas como esta que varios dibujantes y guionistas se dieron a conocer entre los numerosos lectores de la editorial. Dejando a muchos dentro del tintero, merecen ser mencionados algunos como Donaz, Niel y Salvador Mestres, quienes supieron fundir el arte de la escritura y el de la pintura en pequeños tesoros de papel.

La década de los 30 se convierte en una etapa de transformación forzada tanto para la editorial como para todo el país. Por un lado, el 16 de septiembre de 1933, fallece Juan Bruguera. Por otro lado, en 1936, se originan los desdichados acontecimientos que sumarán al país en un conflicto armado cuyas fatales consecuencias resonarán durante el resto del siglo. Afortunadamente para la editorial, los hijos de Juan Bruguera, Pantaleón y Francisco, se hacen cargo del legado de su padre y prosiguen con la labor de la empresa, ahora bajo un nuevo nombre: Editorial Bruguera.


Capítulo II: Renacimiento

Uno de los factores del éxito de las publicaciones de El Gato Negro fue el contenido de las historietas gráficas, que llegaban a engatusar a los más pequeños y a matar de risa los mayores de la casa. Algunos niños de aquella generación confiesan que aprendieron a leer mejor gracias a las historietas de Pulgarcito.

Los hermanos Bruguera eran conscientes del valor sentimental de sus publicaciones y de los vastos beneficios que generaban. Así pues, decidieron ampliar tanto su ya extenso catálogo como la sede de la editorial. Trasladaron la redacción y el almacén al centro de la ciudad de Barcelona, contrataron a más artistas que ofrecieran nuevas obras, comenzaron a comprar los derechos de personajes y series de cómic extranjeros, y dejaron el peso de la dirección editorial a Rafael González, quien sería director jefe durante más de 30 años. Para algunos, fue un tirano esclavizador; para otros, un gran observador con un olfato excelente para la calidad de las obras; y otros creen que solo era un hombre normal que ostentó el cargo que se le confirió lo mejor que pudo.

Esta es considerada como la edad de oro de Bruguera: se consolida como una de las editoriales más sólidas del país, ofrece uno de los mayores catálogos de publicaciones de la época (incluyendo la renovación de su emblemática Pulgarcito en 1947), importa obras europeas y americanas que traduce y publica bajo su sello, y crea escuela para una generación de dibujantes y guionistas que formarán parte de la historia del cómic español.

Sin embargo, con la llegada de esta etapa floreciente, llegan también adversidades que no abandonarán jamás a las publicaciones. En 1952, se crea la Junta Asesora de la Prensa Infantil, que se encargará de supervisar los contenidos de las revistas y censurar cualquier elemento que fuese considerado perjudicial para los menores de edad o para la mentalidad imperante. Varias obras fueron canceladas o transformadas a lo largo de las siguientes décadas, no solo en el cómic, sino en la mayoría de los campos artísticos.

A pesar de las dificultades, ninguna revista interrumpió o demoró su publicación. Fue aquí donde la tutela de Rafael González demostró su eficacia y su severidad a partes iguales. Los dibujantes sufrieron lo que el director le ahorraba a la empresa. Empezaron a recibir más encargos, trabajaban en condiciones casi precarias y no gozaban de ningún derecho sobre sus creaciones. Pasaron de ser artistas a obreros del lápiz.

La situación llegó a tal punto que un día, un grupo de historietistas, algunos de los más prestigiosos de la editorial, cansados de soportar semejantes condiciones, decidieron emprender la mayor hazaña de sus vidas: crear su propia revista.


Capítulo III: El cisma de Bruguera

Cinco son los nombres que hay que recordar: Josep Escobar, creador de Carpanta, Petra y Zipi y Zape; José Peñarroya, creador de Don Pío, Gordito Relleno y Don Berrinche; Conti, creador de Carioco; Cifré, creador de Amapolo Nevera y El Repórter Tribulete; y Eugenio Giner, creador del Inspector Dan.

Estos historietistas encarnaron a las 5 piedras con las que David se enfrentó a Goliat (sobra decir quién interpreta al gigante filisteo en esta historia). Con la ayuda de amigos periodistas y compañeros de profesión, fundaron la que podríamos denominar, por emplear un nombre rocambolesco como los que empleaban ellos, la primera revista autosuficiente de España: Tío Vivo. A mediados de 1957, el primer número apareció en los quioscos. El sueño se había cumplido.

En Bruguera, este hecho no fue contemplado con demasiado entusiasmo. Rafael González vio aquella revista como una traición a la casa que había convertido a sus creadores en artistas consumados y conocidos en todo el país. Ante la imposibilidad de recuperarlos, decidieron buscar nuevos talentos que reemplazaran el vacío que habían dejado. No serán pocos quienes quieran gozar de tal honor.

A excepción del pícaro y escurridizo Manuel Vázquez, creador de Las Hermandas Gilda, Anacleto y La Familia Cebolleta, los veteranos con talento no se encontraban exclusivamente en Bruguera. Atraídos por los anuncios de las ofertas de la editorial, varios artistas noveles decidieron aprovechar la oportunidad de formar parte del templo de historietas gráficas de España. Entre otros, había un joven de apenas 22 años llamado Francisco Ibáñez.

A lo largo de los siguientes meses, Tío Vivo se hizo un hueco entre los lectores que seguían siendo fieles a sus autores favoritos, aunque sus obras no se imprimieran en el mismo lugar. En la editorial magna, los nuevos nombres comenzaban a rellenar el hueco con nuevas perspectivas artísticas y distintos prototipos de historias. Parecía que en ambos casos la elección había sido la correcta.

Pero, como decía Segismundo, “los sueños, sueños son”. Y el sueño de los cinco autores se vio truncado. Al no saber nada sobre gestión de publicaciones ni distribución, ni de gozar de una solvencia económica que les permitiera rentabilizar su obra, las publicaciones de Tío Vivo se estancaron. Finalmente, desazonados por las pérdidas económicas, los cinco historietistas tuvieron que resignarse a volver a la editorial de la que habían huido.

Con el peso de la humillación y la desilusión a cuestas, regresaron a su antigua casa. A pesar de la osadía de aquella aventura, González no se mostró extremadamente descontento con ellos. Les ofreció un aumento de sueldo y mejores condiciones de trabajo a cambio de regresar a sus antiguas labores, además de ceder a la editorial los derechos de distribución de su propia revista.

Así pues, el sueño quedó en un hermoso y valeroso recuerdo. Y también marcó un punto de inflexión dentro del ambiente que hasta entonces se vivió en la editorial. Nuevos cambios llegarían, y dos generaciones de artistas se unían en una nueva etapa de Bruguera.


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